Cempasúchil

Cempasúchil no nació, sino que cobró conciencia gracias a un accidente divino. Originalmente, era uno de los muchos espíritus encargados de guiar a las almas hacia el otro lado a través del aroma y el color de las flores. Su existencia cambió para siempre cuando el Gran Titán Zol dejó caer accidentalmente una vela sobre ella cuando aún conservaba su forma floral. El calor y la luz le otorgaron una forma corpórea.

Aunque veía a Zol como una figura paterna, su timidez la mantuvo oculta en las sombras de la selva Zaltec, observando a los guerreros desde lejos, sintiéndose una extraña entre los vivos y una exiliada entre los muertos.

Su primer vínculo real no fue con los vivos. Siguiendo un instinto ancestral de su vida como espíritu, encontró los huesos de una pobre alma sacrificada que no había podido cruzar al otro lado. Cempasúchil se quitó algunos pétalos y los puso sobre los restos, devolviéndole la esencia a Miqui, quien se convertiría en su primera y más fiel amiga.

Juntas viajaron hacia el Gran Árbol, donde Cempasúchil comenzó a aprender las complejidades de la interacción humana y a desarrollar una personalidad propia, dejando atrás el silencio del bosque.

Gracias a una sugerencia de Miqui, Cempasúchil empezó a utilizar sus vagos recuerdos espirituales para interpretar el destino. Aunque ahora posee un cuerpo físico, sigue conectada con sus hermanas, los espíritus guía del Cempasúchil. A través de unas cartas especiales, ella escucha los susurros del más allá. Es importante escuchar las advertencias de sus lecturas, pues el destino, al igual que sus pétalos, no hablan en vano.