Zaman

El Discípulo

Zamán es nativo del planeta Cédar. Él es un Cedrónido, una raza de criaturas longevas que viven cientos de años, protegiendo su cuerpo bajo pesados caparazones. Pero Zamán, a diferencia de sus semejantes, siempre fue más que un simple habitante; él fue el hermano de Eón, aquel que se convertiría en un Dios de Todo.

Mientras Eón ascendía, reclamando un lugar sagrado en el universo, Zamán se vio relegado al papel de espectador. El resentimiento por ser “el hermano de un Dios” lo llevó a abandonar Cédar, partiendo hacia un exilio voluntario con hambre de trascendencia. Él quería ser especial.

Fue esa sed de ser “alguien” en la historia lo que lo llevó a las garras de Mork. Tras vagar por tierras desconocidas durante mucho tiempo, llegó al Gran Árbol y reabrió la grieta con un poderoso ritual.

Fue seducido por la promesa de riquezas y una vida eterna que lo pusiera a la par de su hermano, Zamán se entregó por completo al Señor Oscuro. Lo obedeció ciegamente. Se convirtió en su discípulo, siendo el puente necesario para que la sombra de Shox Parda volviera a tocar las tierras de Quiu.

Zamán se encargó del “trabajo sucio” que Mork no podía realizar desde su encierro. Manipuló a los humanos, una civilización pobre, hambrienta y olvidada, para convertirlos en el ejército personal del Señor Oscuro. Bajo su guía, destruyeron a las cuatro grandes civilizaciones: los Zaltecs, las Norkirias, los Theronios y los Egirios. Recuperaron las reliquias y las llevaron de regreso a Mork, creyendo que seguían a un salvador, cuando en realidad seguían a un arquitecto de la devastación.

La utilidad de Zamán llegó a su fin cuando dejó de ser de valor para el Señor Oscuro. Cuando las cuatro reliquias fueron reunidas, Mork reveló el verdadero costo de su regreso. No bastaba la magia, sino que hacía falta el motor de la devoción más pura. Sin piedad, atravesó el pecho del Cedrónido, extrayendo su corazón para convertirlo en su propio pulso. Zamán cayó, sacrificado por la misma entidad a la que le entregó su lealtad, dejando su cuerpo sin vida justo a la izquierda de su trono.

Pero el fin de su aliento no fue el final de su camino. Zamán fue transportado a Gálmega, el sagrado hogar de los Dioses de Todo. Allí, se encontró cara a cara con las estatuas de aquellos que custodian el espacio tiempo del universo. Entre ellas, la figura de su hermano Eón, el Dios de Todo Verde, rompió el silencio para pronunciar su nombre.

Las antiguas escrituras advierten: El verdadero propósito de Zamán aún no ha sido revelado.